‘De ratones y hombres’: la existencia se torna complicada

John Steinbeck tuvo que ser un gran hombre. O eso, o supo fingirlo muy bien porque su pluma se decantó por historias que se enfrascaron en el perfil del marginado, el incomprendido o el desgraciado. Cierto es que eso no justifica ser mejor persona pero en Gritanlosdedos nos hemos introducirnos lenta y dolorosamente en el mundo de la moralidad y, por qué no, en el de la filosofía. De ratones y hombres es una de esas obras que bien pueden abordarse desde una lectura por simple placer a la vez que puede sucederle un coloquio intenso y rebatible en una clase de filosofía.

Y es que Steinbeck guardó siempre una bala en la recámara y ésta no era otra que el diálogo. Y aunque la obra comienza con largas descripciones haciéndonos sentir los pies sobre un paisaje agreste y casi virgen, pronto dará rienda suelta a un huracán de conversaciones que se unen magistralmente, y donde la profundidad de los personajes está trabajada sin caer en una descripción metodológica y cansina de largos párrafos. Al escritor no le hace falta ‘narrar’ de esa manera la historia de George y Lennie, dos trabajadores de ranchos en la zona de Salinas, en el estado de California, que pululan de una a otra parte en busca de ahorros en plena crisis de los años 30. La novela da bastante de sí y nos devuelve a la actualidad más inmediata de nuestros días: contratos basura, desempleo y búsqueda suicida de trabajo. Entre todo, el sueño de los protagonistas no será otro que lograr autoemplearse en su propia propiedad.Libro sobre el autor estadounidense (1937)

Pero volviendo a lo anterior citado, la obra comienza pausada ubicándonos en un entorno muy concreto plagado de sicomoros para lanzarnos sin retorno hacia las profundidades de la naturaleza humana. La particular relación -casi de matrimonio- de estos peones del campo, donde George actúa como protector de Lennie a tiempo completo, y éste, un grandullón con varias tuercas perdidas antaño, cede, casi en su totalidad, la toma de decisiones a su amigo. Esto será crucial a lo largo de la obra ya que Lennie es una persona ajena a la vida en sociedad y que no posee habilidades para relacionarse y ver más allá de la realidad aumentada que busca en sus pequeños placeres, algunos tan dispares como acariciar un ratón muerto y conservarlo. Y aunque su personalidad puede llegar a inquietar a lo largo de la obra, ya contando el lector con que el final no será trivial ni fácil de olvidar, no se puede sentir más que cierta ternura por este metepatas que siempre anda soñando con una granja llena de animales a los que acariciar.

Lo cierto, sin dar muchos rodeos, es que Steinbeck se sirve de unos personajes creíbles y profundos a través de los cuales va engarzando temáticas como la amistad, la soledad, la vejez, el racismo o la relación patrón-trabajador. Una obra, en definitiva, completa pese a su brevedad, que está dentro de los clásicos de la literatura por la imborrable y doctrinaria historia que guarda en su interior. Y aunque nos deje un sabor de boca un poco amargo nos recuerda la importancia de los sueños, pese a ser vanos y pasajeros, para seguir viviendo. Una de cal y otra de arena.

María José Gata

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