‘The Artist’: cómo enmudecer al espectador

De sobra es conocido que la transición del cine mudo al sonoro se llevó por delante la carrera de múltiples artistas del séptimo arte. Buster Keaton, uno de los cómicos más reconocidos en la historia del cine, es uno de los ejemplos más significativos de actores que sucumbieron al cambio. Afianzado en películas de comedia absurda a la vez que perspicaz, su actuación estaba basada en la exageración gestual y en la riqueza de lo que se ve, pero no se cuenta con palabras. Otros fueron bastante mas cautos y miraban con cierto temor el cambio que se iba a producir desde que ‘El cantor de jazz’ (1927) se estrenase como primera película sonora (aunque existen grabaciones de finales del XIX que ya recogían sonido), ese fue el caso de Charles Chaplin.

Chaplin, reacio a la llegada del cine sonoro, llegó a reconocer que sintió verdadero miedo a quedarse apartado ante una novedad que minusvaloraba su condición de cómico y crítico social sin palabras por excelencia. De hecho, aunque intentó luchar a contracorriente con ‘Luces de ciudad’ (1931), al final tuvo que acatar el cine sonoro aunque con cierta preocupación. Primero llegó ‘Tiempos modernos’ (1936). En ella, la voz solamente sería utilizada en su justa medida y por necesidad. Luego vendría ‘El gran Dictador’ (1940) y la archiconocida escena final del discurso dramático y social.

Pero con los años llegó ‘The artist’ (2011) para recuperar esta disyuntiva. Que la película dirigida y escrita por Michel Hazanavicius esté enmarcada en 1927 no es algo baladí. Su protagonista, George Valentin (Jean Dujardin), es un reconocido actor del cine mudo que acarrea prestigio, profesionalidad y encanto entre las féminas. Sin embargo, la llegada del cine sonoro lo arrastrará por completo fuera del juego a favor de las nuevas caras que serán las futuras estrellas de Hollywoodland. Es la misma época en la que ‘El cantor de jazz’ se atestigua como la novedad que deberá implantarse en cualquier producción que quiera competir en un mercado que ya empieza a florecer. Valentin tendrá que hacer frente a una nueva etapa en su vida en la que no cuenta con el apoyo de directores y productores. Él, al igual que Chaplin, no querrá darse por vencido y decidirá continuar su camino de forma independiente.

La película despierta simpatía, agilidad y una fuerte empatía en el público. Todos y cada uno de los detalles están perfectamente enmarcados en una época difícil de recrear con fidelidad. Desde los edificios, las calles, los automóviles, la vestimenta y los peinados, sin olvidarnos de los títulos del principio. Cada decorado y ambiente vislumbra una preparación previa y una documentación que es digna de alabar en un género en el que a menudo se cometen errores garrafales por no prestar demasiada atención al contexto (no hay más que echar un vistazo a viejos clásicos del Western). Impresionante la recreación de las calles, sobre todo en la secuencia en la que Peppy Miller (Bérénice Bejo) exprime al máximo su Cadillac de 12 cilindros en uve en busca del maltrecho Valentin.

No muy lejos queda la interpretación de los actores, con un sobresaliente papel de Jean Dujardin y Bérenice Bejo. John Goodman (Al Zimmer, director de películas) ha destacado siempre por su excelente expresividad gestual y la posibilidad de adaptarse a cualquier tipo de papel. Desde conductor de ambulancias en ‘Al Límite’  (1999) hasta convertirse en Pedro Picapiedra, Goodman hila fino sus personajes. Sin embargo, Dujardin y Bejo van más allá. No se trata de un simple guiño o un gesto, sino el saber transmitir sin palabras un sentimiento capaz de evocar al espectador. Y la verdad es que lo bordan. Si Dujardin se presenta en la vida real como un apuesto actor con un toque de picardía y sensualidad, en la película lo traslada a los años 20. Bejo, por su parte, es capaz de ganarse al público con una pícara sonrisa y Uggie (el perro) lo remata con su entrañable comicidad. James Cromwell, en el papel de Cliffton, el leal y servil chófer, transmite dulzura y devoción hacia el protagonista en una vida completamente entregada al trabajo exclusivo.

La banda sonora está estudiada al milímetro y es la “culpable” de que la película no pierda agilidad. Los compases a ritmo de swing acompañan al total de la película en todo momento y transmiten ritmo, tristeza y alegría en un continuo son del que no nos percatamos de las transiciones sonoras.

Cierto, no enseña nada nuevo. Se trata de un género ya de por sí bastante conocido y que no innova, sino que imita un modelo de contar una historia que con el tiempo se quedó anticuado. Sin embargo, irrumpe en una época en la que el cine tiene olvidado a sus ancestros y nos enseña que, aunque pasen los años, existen profesionales que son capaces de dar un golpe en la mesa y mostrarnos su valía a través de una puesta en escena rica en estética y expresividad, más allá de efectos especiales o historias planas. 5 Óscar, 3 Globos de Oro, 1 premio del Festival de Cannes, 7 premios BAFTA, 1 premio del Sindicato de Actores, 1 Goya y el Premio del Público del Festival de Cine Europeo de Sevilla 2011, entre otros muchos, así lo confirman.

Juanjo Sánchez

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