‘El tiempo que queda’: la belleza de la esperanza

cine

De todas las cosas que, con seguridad, ocupan un lugar importante en nuestros pensamientos, la que destaca por encima de ellas y es común a casi todos los individuos es el final de nuestros días. Del mismo modo, la muerte encarna uno de los tabúes más infranqueables socialmente. Esto, unido a que el protagonista de El tiempo que queda (2005) es una persona joven da juego a Fránçois Ozon a reflexionar sobre una sociedad que no está preparada para los retos del presente y, cuanto menos, del futuro. El tiempo que queda retrata el ocaso en la vida con una belleza deslumbrante sin perder fuerza para ser un argumento que se viene repitiendo con cierta frecuencia.

El largometraje, de producción francesa, nos acerca a la vida de un joven fotógrafo homosexual que lleva una vida exitosa y libre rota en añicos con la detección de un cáncer. El protagonista busca el arraigo dentro de su propio ser  y  se distancia de sus seres más próximos para romper esa telaraña de silencios, apariencias y compasión con la que no quiere combatir. La única a la que da privilegios para romper su pompa protectora es su abuela. El espectador, pues, se sienta ante una historia aparentemente lacrimógena para acabar encontrando una oda a la vida y a la belleza en sí.

El tratamiento general de la película es notable, tanto técnico como en el plano de la argumentación. En este último, los tópicos se han eliminado con inteligencia y el resultado termina siendo una hora y media de reflexión, audacia y belleza. La cinta mira de frente al tabú de la muerte al igual que muestra sin censura las relaciones sexuales en el plano de la homosexualidad. El tiempo que queda nos brinda una oportunidad ineludible para no ignorar toda la problemática que rodea el universo homosexual así como a la muerte prematura y lo hace a golpe de escenas cortantes y duras, escasas pero suficientes.

Pero no todo es negro o blanco. Podríamos decir que hay un halo de esperanza indirecta que sosiega todo lo que le adolece al protagonista. Un recurso que resuelve sin problemas y nos hace elevar nuestros pensamientos a la huella que dejamos en el mundo una vez hemos desaparecido.

María José Gata

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