Retrato de cordialidad

– ¡No, no y no! – tronó por todo el pueblo despertando a los vecinos.

La campaña electoral se había vuelto muy dura, desde el principio comprendí que el haberme metido de lleno en la política iba a acabar conmigo. Todo comenzó tres semanas antes de las elecciones cuando, tras haber sido designado como candidato, las cosas no empezaron del todo bien. Se pegaron los primeros carteles con mi cara, o al menos eso era lo que yo pensaba, porque ni siquiera mi mujer me había reconocido.

…gensanta, Rufino… ¡Ni de joven te parecerías! – espetó tras un largo silencio mientras los tres tontos (mi mujer, mi hijo con la boca abierta y yo) mirábamos hacia arriba en el panel de los carteles electorales.

El apoyo por parte del partido no había sido demasiado complicado, el resto del pueblo estaba tan quemado de los políticos que nadie se prestaba a un cargo. De hecho, cuando me acerqué a la sede y postulé mi idea para ser candidato cerraron las puertas con llave y lloraron de emoción mientras me daban palmaditas en la espalda. Ahí comprendí que algo iba a pintar mal.

Me recomendaron que lo mejor para entablar afinidad con mis vecinos era intentar acercarme a ellos. Yo, Rufino, la persona más rara del mundo. Rufino, quien quitó el timbre de la puerta para que no le molestaran ni los carteros. Tuve que hacer frente a expandirme hacia los demás, a ser el más sociable, educado y dicharachero de todos los candidatos. No era nada fácil.

Sentado en el inodoro me hice una lista de los lugares por donde debería pasar para darme a conocer como quien no quiere la cosa. Allí apunté todos: la esquina del bar de Narciso -lugar de peregrinación de los más sabios y catedráticos-, la plaza del pueblo –tertulia de materia internacional- y el parque –congregación de padres y madres-. Además, toda una ristra de frases por las que comenzar una conversación con la que ir encauzando el mitin informal. Desde el “oye Fulanito, ¿tu padre cuánto hace que murió?” hasta el “como siga lloviendo no vamos a poder echar el nitrato”. A partir de ahí todo sería coser y cantar.

Recibí del partido una guía fácil y rápida sobre consejos para ser un buen candidato, fui señalando los que más me gustaron y que yo creo que se adaptaban mejor a mi entorno, todo era cuestión de irlas metiendo en la conversación:

– “Empieza a hablar con tono cordial y, cuando se trate de algo problemático o de especial interés, muéstrate en contra de ello y eleva el tono de voz para reafirmarte”. Ésta era muy buena, el problema es que a veces me olvidaba y empezaba gritando el buenas tardes.

– “Promete todo lo que puedas, que luego ya si eso ya… ejemplos: polideportivo, mobiliario para las calles, paseo marítimo…” El polideportivo ya estaba hecho, pero bueno, sería cuestión de prometer uno nuevo, con más luces, con más balones, en un nuevo sitio o, si hacía falta, encima del que ya hay; los mobiliarios para las calles habían sido puestos hacía unas semanas por el último partido con tal de contentar a los vecinos pero, si hacía falta prometería cambiarlos de nuevo por otros más bonitos; y lo del paseo marítimo, quizás debería ir prometiendo primero el mar y luego ya veremos según el presupuesto que nos quede.

– “No olvides de la importancia del voto de los jóvenes, las mujeres y las personas mayores, de sobra es conocido que mueven masas”. Para codearme con los jóvenes empecé a comprar ropa juvenil, adopté un lenguaje pseudo-adolescente y me moví entre los botellones buscando complicidad. Quizás si hubiera tenido aquellas drogas tan raras que pensaban que vendía me hubiera sido más útil. Para las mujeres acudí al barato y me paraba en los puestos de ropa interior, el problema es que me ponía muy nervioso ante tanta mirada perpleja y sutil de las féminas de mi alrededor, sobre todo cuando disimulaba hurgando entre braguitas y sostenes, por lo que huían de mí con sólo decir perdone. Con las personas mayores fue lo más complicado, es difícil cambiarle las ideas a alguien que tiene tanta experiencia y unos ideales encerrados con llave.

Lo más negativo de todo era intentar debatir los aspectos del pueblo con los propios vecinos, sobre todo aquellas cosas que yo mismo sabía que se habían realizado correctamente pero que, por necesidad y obligación, yo debía posicionarme en el punto contrario. Conforme pasaban los días me despertaba a altas horas de la madrugada empapado en sudor, gritando ¡sosmentira! y dando alaridos incomprensibles como un poseso. Por las mañanas era peor, en el desayuno ensayaba las charlas y los mítines que iba a repartir sin ton ni son durante el resto del día. Mi mujer y mi hijo se negaron al segundo día a ser supuestos votantes, por lo que tenía que practicar hablándole a las fotografías, al paragüero, a la mesita de noche, a la pata del jamón,…

– ¡Mamá, mamá! ¿Qué le pasa a papá?

– Que está más quemao que el mapa de Bonanza…

La jornada de reflexión y el día de la votación estuve en un profundo shock. No pude ni siquiera salir a ejercer mi derecho al voto. La verdad es que no pude salir ni siquiera del cuarto de baño. La larga espera no se hizo de rogar y, en los resultados que se conocieron ya muy adentrada la madrugada, me otorgaron la elección como alcalde por una amplia mayoría. Lo que pasó luego, ya lo saben desde el principio.

Juanjo Sánchez

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